abril 14, 2024 8:09 pm

Tito Narosky, leyenda viva de la observación de aves: “A la naturaleza le debo todo”.

Samuel “Tito” Narosky es una leyenda viva de la observación de aves en Argentina. A sus 89 años sigue escribiendo libros. Su sabiduría ya excede la ornitología. Esta semana está de visita en Córdoba para participar de la presentación del libro Aves de Argentina. Tesoro nacional, un homenaje editar por Ecoval, de Unquillo.

Es un voluminoso ejemplar a todos color con textos y fotografías de la mayoría de las 900 aves argentinas que observó Tito a los largo de sus más de 50 años de naturalista. La presentación será este viernes, a las 19, en el café de la antigua estación del ferrocarril de Unquillo.

—¿Recuerda la primera vez que observó un ave?

—Soy un chico de ciudad que no tuve contacto con la naturaleza. Pero algo sentía en mí que no podía expresar. Hasta que un día fui de vacaciones a un pueblito de campo, Darregueira. Allí descubrí una revolución interna, un deslumbramiento absoluto por todo lo que vibraba alrededor: árboles cargados de frutas maduras que podía comer allí, un tanque australiano en el que nos bañábamos junto a peces de colores, y pájaros blancos, negros, rojos, verdes. Sentí que estaba dando un paseo por el país de las maravillas, como Alicia en el cuento. Eso terminó rotundamente pero la vivencia quedó impregnada en mí. Estudié, me casé y tuve hijos. Pero algo me faltaba y ese recuerdo no se despegaba de mí.

—¿Entonces empezó tarde a observar aves?

—A los 33 años tuve un nuevo llamado. Fue cuando me mostraron un nido de palomas. Fue como si hubiera acontecido un terremoto en mi vida. Comencé a participar en exposiciones y charlas de naturalistas. En uno de esos encuentros conocí a un experto en cactus y le pregunté si podíamos salir al campo, pero la idea quedó en la nada. A los pocos días lo volví a cruzar por la calle y organizamos el viaje para ese fin de semana. Fue ahí cuando tomé la decisión de iniciar una etapa desconocida.

—¿Cuál fue esa primera observación de campo?

—Vinimos a Embalse, en Córdoba. Todo nos deslumbraba. Tardamos tres días en llegar porque parábamos por cada arroyo, planta o pájaro que cruzábamos. Nuestra ignorancia era supina. Soy un observador de aves nacido de la nada. En un momento vimos un pájaro rojo parado en un alambrado. Maravilloso. Comenzamos a avanzar por el campo arado mientras discutíamos sobre qué especie era. Estaba muy quieto y eso nos enojó mucho, entonces comenzamos a correr hasta el pájaro. Al final resultó ser la tapa roja de una botella. Pero teníamos una euforia. No teníamos expectativas solo queríamos gozar la naturaleza. Sentí que regresaba a ese viaje de mi infancia. Ya casi no salgo pero tengo la misma pasión. No me he alejado de los pájaros. Siguen volando a mí alrededor. Ahora escribo. Pero vivenciar y contar siempre han sido partes del mismo proceso.

—¿Por qué nunca se dedicó a la investigación profesional?

—Alguna vez me propusieron que escribiera una tesis así me daban el título de doctor honoris causa para poder dar clases. Pero yo pensé que así iba a dejar de ser divertido. Yo he jugado con la naturaleza. Hasta en momentos de angustias, la observación de aves me salvó. Le debo todo a la naturaleza: mi felicidad y el hallazgo de un sentido para la vida.

—¿Por qué cree que ahora hay un boom en la observación de aves?

—Al principio no había con quien salir. Mis primeros dos compañeros de aquel primer viaje a Embalse abandonaron por diferentes motivos. Me fue difícil encontrar un nuevo compañero, pero luego apareció. Era un pintor de brocha gorda. Había vivido 15 años en el monte chaqueño. Conocía la naturaleza. No tenía plata, pero lo que tenía lo gastaba en nuestras salidas al campo. Éramos gemelos ornitológicos. Ese fue Darío Yzurieta. Los libros que escribí están ilustrados por él. Era un dibujante de aves intuitivo y extraordinario. Esas primeras guías las escribí quizás para conseguir un compañero de aventuras. Quería que mucha gente observara aves para tener con quien hacerlo. Y eso duró muchos años hasta ahora que hay unos 100 mil observadores en el país.

—¿Por qué la gente necesita ver aves?

—Puede haber distintas razones. Yo tuve un tiempo en investigador porque no había conocimiento. Hasta publicaba en revistas científicas. Pero hay varios motivos: sirven de inspiración para hacer arte o solo para disfrutar de la naturaleza. También para fotografiar que ahora es un boom. En algunos países, la forma de “estar en onda” es saber de pájaros. Ya no es cómo vestirse, hablar o los grupos de música que se escuchan.

—¿Qué aves de Córdoba recuerda más?

—Vi alrededor de 900 de las mil aves de Argentina, pero no siento la desesperación por ver las que me faltan. Eso quedará para los que están ahora. Recuerdo otro viaje a Embalse cuando vi un ave que no conocía. La describí varias veces y la seguí, pero no coincidía con nada de lo que se había visto. En otro viaje que fuimos con Yzurieta llevamos una escopeta. Cometimos el pecado de cazar un ejemplar. Aprendimos muchísimo. Incluso hasta le pusimos un nombre científico. Pero nos dimos cuenta de que se parecía demasiado a un ave patagónica que no esperábamos ver en un ámbito acuático de Córdoba. Sin embargo, fue la instancia en que más aprendimos sobre ornitología.

Tito luego cuenta otra día en el que estaba recorriendo un sendero de las sierras cordobesas. Recuerda el relato: “Me encontré a una persona cavando para plantar un árbol. ‘Estoy poniendo árboles para que, cuando yo no esté, alguien se cobije bajo su sombra’, me dijo. De inmediato recordé el poema Sembrando de mi infancia”.

Y luego lo relata de memoria. Hacia el final la poesía dice: “…hay que vivir la vida sembrando amores, con la vista y el alma siempre en la altura”.

—Usted fue un gran sembrador de amante de las aves.

—La verdad es que estoy recibiendo una compensación desmedida. La naturaleza me pagó de más. Yo le quedé debiendo. Hice lo que sentía y si lo publique es porque también me daba satisfacción. Al final, siempre estuve buscando alguien con quien salir a ver aves.

La Voz

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