junio 17, 2024 7:59 am

Soy Robert Louis Stevenson, el hombre que cuenta historias

Hola. Soy Robert Louis Stevenson, muy conocido entre pequeños y adolescentes, gracias a mis relatos que abonaron su imaginación. Nací el 13 de noviembre de 1850, en la bella Edimburgo, Escocia.

Mi padre, Thomas, era abogado, pero, al igual que la mayoría de su familia, dedicaba la mayor cantidad de sus horas de trabajo a la construcción de faros.

Buena parte de mi niñez y de mi juventud transcurrió en el 17 de Heriot Row, lugar que forma parte de mis recuerdos imborrables. El jardín y el paisaje urbano que se podía apreciar desde allí son parte inescindible de mis novelas.

Adicto a la lectura

Desde épocas muy tempranas, me afectó una enfermedad cruel y para toda la vida: tuberculosis. Recién me incorporé al sistema educativo cuando cumplí los 9 años. Pero aprendí muchísimo en mi domicilio, ya que tanto mi madre, Margaret, como la inolvidable niñera que me acompañaba, Alison Cunningham, me leían cuentos e historias de manera periódica, lo que me fue transformando en un adicto a la lectura.

Mi mala salud da cuenta por sí sola de las terribles e interminables noches en que yacía despierto, la garganta desgarrada por una tos agotadora, rezando desde lo más hondo de mi convulso cuerpecillo para que llegaran el sueño o el amanecer.

Robert Louis Stevenson

Sin mi buena nodriza, seguramente hubiera muerto; ella nunca me abandonó: “Recuerdo cuando me sacaba de la cama, me llevaba al ventanal, y me mostraba dos o tres ventanas encendidas en Queen Street (…) habría seguramente allí niños enfermos que, como nosotros, esperaban la aurora”.

Quizás pueda cansar un poco con la gran cantidad de referencias a mi niñera, pero fue clave en mi formación. Para ella eran pecaminosos el teatro y las novelas, por lo cual seleccionaba narraciones de fantasmas y partes de la biblia. Le dediqué “Jardín de versos de un niño”, que si bien no es de una gran calidad literaria, sus rimas son pegadizas.

Los contrastes de Edimburgo

Amaba Edimburgo, pero como buen observador me daba cuenta de los enormes contrastes y las diferencias sociales. Coexistían esquinas vulgares, lugares sin historia junto a casas acomodadas lindantes con arrabales y barrios míseros.

Mi abuelo materno era el párroco de Collington, un lugar cercano a Edimburgo; nos llevaba de paseo junto a mis primos, y el placer principal era jugar en el cementerio. Me fascinaban las lápidas, los huesos y las calaveras, que luego aparecían en mis pesadillas.

Otro lugar bellísimo era Hawes Inn, sitio que imaginé como el inicio la trama de Raptado, en la que cuento la historia de un adolescente, David, que va en busca de su tío para cobrar la herencia de su padre muerto.

El mal pariente, además de no querer entregar ni un peso, intenta convencer a unos piratas para que lo rapten y lo entreguen como esclavo a Indonesia. Un luchador escocés, bien bravucón, de nombre Alan, salva a David de ese trágico destino, y a partir de allí traban una gran amistad.

Mi isla famosa

Siempre me sedujo este tipo de la relaciones, entre niños educados y personajes turbios que están al margen de la ley; se vuelve a apreciar ese contacto en La isla del tesoro, donde nace una relación cálida entre Jim Hawkins y el pirata John Silver.

Este libro me generó una enorme satisfacción; no sólo fue un best seller, sino que se tradujo a varios idiomas.

En Francia conocí a Fanny Osbourne, una estadounidense que estaba en medio de una separación traumática con su esposo. Me enamoré de esa mujer como nunca hubiera imaginado.

Ella tramitó su divorcio, y en 1880 nos casamos. Recuerdo haber terminado La isla del tesoro en un viaje que hice con ella a los Alpes suizos, intentando mejorar mi sempiterna afección pulmonar.

La tumba de Fergusson

Tuve una profunda admiración por Robert Fergusson, un poeta escoses del siglo XVIII que murió con 24 años; casi un niño. Era alcohólico, jugador y tuberculoso. Me asombraba su bohemia, independencia y falta de apego a lo académico.

Aquel pobre muchacho pálido, borracho, dado al vicio, que murió delirando en el manicomio de Edimburgo; con él me unen muchos lazos: la misma ciudad, ambos enfermos, ambos perseguidos, uno casi hasta la locura y otro hasta el manicomio.

Robert Louis Stevenson

La tumba y la lápida de Fergusson se deterioraron significativamente, y yo mismo me encargué de restaurarla; además agregué una piedra como homenaje: “Ni mármol esculpido, ni pomposo romance, ni historiada urna, ni vivida efigie. Que esta simple piedra indique a la pálida Escocia dónde derramar su pesar sobre el polvo de su poeta”.

Doble personalidad

Otra de las obras que amo es El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una historia de terror que fue anticipo de lo que después se conocería como ciencia ficción. Agradezco a todos los directores que decidieron llevar la historia al cine; Jekyll y Hyde se convirtieron en dos modelos, representantes del bien y el mal.

Los personajes son citados hasta en las iglesias, uno como el pío, el otro como el pecador. No era para menos, el científico Jekyll disponía de una bebida capaz de separar la parte humana y sana del lado maléfico de una misma persona.

Cuando Jekyll la toma, se convierte en Edward Hyde, un criminal sin escrúpulos

Si bien el tenebroso relato es en Londres, los lectores saben que esos paisajes son propios de Edimburgo.

Algunos lugares hablan por sí solos. Algunos húmedos jardines parecen pedir a gritos un crimen; algunas casas viejas quieren estar embrujadas; ciertas cosas se hacen notar como escenarios de un naufragio.

Robert Louis Stevenson

Una tumba el Pacífico Sur

A partir de allí, mi salud se fue deteriorando. Después de un tiempo viajamos con Fanny a Nueva York, donde me hice amistad con un grande de la literatura como Mark Twain. Posteriormente decidimos trasladarnos a las islas del Pacífico Sur, donde finalmente nos establecimos.

Mi relación con los aborígenes fue maravillosa; ellos me llamaban “Tusitala”, que significa “el que cuenta historias”. Me daba mucha pena la situación de los habitantes de Samoa. De hecho, denuncié a través de la prensa británica lo que se vivía, criticando la dominación alemana.

El 3 de diciembre de 1894 llegó la hora de partir. Una hemorragia cerebral dijo basta. En la ladera del Cementerio de Carlton está enterrada toda mi familia, incluido mi primo Bob, que se había trasformado en mi mejor amigo, mi confidente.

Curiosamente, y a pesar de mi amor por Edimburgo, fui sepultado en lo alto de un monte en Samoa. En mi epitafio reza mi último verso, “Aquí yace donde quiso yacer. Devuelta del mar está el marinero, de vuelta del monte está el cazador”.

La Voz

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