enero 27, 2023 12:07 pm

Homenaje en el Día del Canillita: toda una vida voceando el diario en cada esquina

“Este trabajo es mi vida. Si volviera a nacer lo elegiría. Me gusta de alma”, se emociona María del Carmen Tomatis (69), la única mujer canillita de Río Ceballos, Sierras Chicas.

Lleva 36 años repartiendo el diario, desde la madrugada, a las familias y negocios de la ciudad. No importa el calor, el frío ni la lluvia, María nunca falta a la cita con los clientes.

Reparte en el centro y en barrios aledaños. “Lo hago caminando. Mi familia me ayuda. Primero, mi marido lo hacía con el auto pero lo dejamos porque tiene mucho gasto”, afirma. Todos la conocen, y la saludan cuando pasan por frente de su quiosco, ubicado en pleno centro. Ella devuelve el saludo con una sonrisa amable detrás de las tapas que destilan olor a tinta.

Comenzó vender diarios, sola. “Porque la necesidad tiene cara de hereje”, confiesa sonriendo. Fue en el año 1985 y había perdido su trabajo. Empezó con cinco ejemplares. En ese momento tenía el kiosco en su casa. Fue pasando el tiempo, la clientela aumentaba, y logró ubicarse en la calle San Martín.

Allí, entre mates y la compañía de la radio, recuerda: “Por acá pasó todo. Es una vida muy dura y sacrificada”.

Con su oficio, crió a sus tres hijos y hoy sigue manteniendo a su familia. Por las tardes, cuando cierra el kiosco, hace costuras. “La jubilación no me alcanza ni para ir a la esquina”, sentencia.

Nacida en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires, llegó a Córdoba siendo una niña. Ya casada se mudó a Río Ceballos, donde se afincó y forma parte del quehacer de la localidad serrana.

Asegura que las personas son cordiales y consideradas con ella. Aunque asume que no es fácil ser mujer canillita.

“Este oficio me dejó mucha sabiduría y aprendí a defenderme. Fue una experiencia muy grande. Me costó porque no estaba acostumbrada a la calle. Me tenía que hacer respetar. La calle es dura”, revela.

Y destaca una anécdota con los antiguos dueños de un tradicional hotel, a los que llevaba el diario: la invitaban con una taza de café o alguna comida. “Nunca me olvido de esa clase de personas que siempre me ayudaron”.

A la vez, explica que tiene miedo de que el diario desaparezca por el avance de la tecnología.

“No me gusta que se pierda el papel, porque es muy importante para que los niños y jóvenes lean. Lo que ellos manejan es la tecnología pero les falta lectura”, opina.

La felicidad de María, con más de tres décadas de duro trabajo, es que tiene una heredera: su hija, Raquel Fernández, quien será parte de la segunda generación de mujeres canillitas de su familia. Un orgullo para quién comenzó esta tradición.

En la Capital

A sus 59 años, Guillermo Álvarez lleva tatuado en la frente el orgullo de ser canillita.

Es el trabajo que abrazó hace casi 32 años y que hoy sigue enarbolando en la esquina de Petorutti esquina Spilimbergo, en barrio Tablada Park de la Capital cordobesa.

“Empecé voceando en la calle como todos, porque mi suegro me había prometido un quiosco. Con el tiempo fui creciendo, pude poner un quiosco y acá estoy”, dice.

Casado con Claudia, Guillermo tuvo a Dolores, que hoy tiene 16 años y que es la luz de sus ojos. Por ellas, y por el amor a esta tarea, jamás tomó vacaciones.

“Es que ser canillita es una pasión. Yo vengo desde bien abajo y estoy muy orgulloso de lo que soy. Además, he trabado relación con toda la gente del barrio (Tablada Park), y me quieren mucho”, resume.

Guillermo es uno de los más veteranos del barrio, y su quiosco se transforma en ocasiones en un “confesionario”.

“Algunos vecinos me han contado cosas muy profundas. Siempre les digo que si necesitan un oído, ahí voy a estar yo”.

Al advenimiento de la era digital, Guillermo opuso empuje, creatividad y mucha picardía cordobesa:”Vender es un arte y yo soy buen vendedor. Estudio a los clientes. Sé lo que le gusta a uno y a otro. Viene un libro de filosofía y ya sé a quién le tengo que hablar. Lo mismo si viene un disco o cualquier otra cosa”.

De lunes a lunes, reparte diarios y revistas en una amplia zona. La bici quedó a un lado hace ya varios años y ahora la moto es la fiel compañera.

La Voz

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