abril 20, 2024 10:43 pm

La epopeya de Río Turbio y la farsa kirchnerista

Terminaba la Segunda Guerra Mundial y la Argentina, que no producía ni alfileres de cabeza (se importaban), ahora no paraba de crecer. La industria pesada, la siderurgia, el alto horno de San Nicolás no daban abasto.

Se quemaba hasta el maíz de los sembradíos para mantenerlo en funcionamiento.

–¿Dónde hay carbón? ¡Necesitamos carbón para generar energía!

–Allá en Santa Cruz, hacia la cordillera. ¡Un manto de carbón; es todo carbón!

–¿Dónde queda eso?

Así comenzó, con este imaginario diálogo, la epopeya de Río Turbio.

Cuando la política es conducente a resolver las necesidades de la producción y el trabajo, todo se pone en marcha. Había un proyecto de nación.

Desde el gobierno nacional se convocó a familias italianas luego de la posguerra. Así llegó Salvador Aramini junto con otros, en 1949.

Hace tres años me auxilió para reparar dos gomas reventadas en la ruta entre La Esperanza y Turbio. Mientras me llevaba en su coche, el hombre –que ya debía de tener unos 90 años– dijo como para adentro suyo, mirando el valle donde está el pueblo de Río Turbio: ”Acá no había nada”.

Después de la nada, todo. Aparecieron los primeros medio caños, los inicios de la explotación minera, el transporte con el ramal ferroviario de trocha angosta en las locomotoras Mitsubishi de los años 1960, el traslado hasta el puerto de Río Gallegos, y de allí en barcos a San Nicolás.

Llegaron a trabajar en la mina cerca de tres mil empleados, allá por la década de 1970, cuenta el Negro González.

¿Y la epopeya de Santa Cruz, hoy?

En isla Dawson, hubo una vieja cárcel donde muchos presos políticos, durante la dictadura de Augusto Pinochet, pasaron las penurias de un cruel aislamiento a partir de 1973.

Hoy, en esa lejana y fría región del sur de Chile, su gobierno promueve el asentamiento de ciudadanos, entregando parcelas para proyectos concretos (madera y pesca). El Estado cumple su función.

De existir en la Argentina un gobierno con un proyecto nacional, la lógica sería la misma.

Santa Cruz es la provincia con menos habitantes. Apenas supera uno por kilómetro cuadrado. Y la tendencia es a su despoblamiento. No hay industrias ni hay trabajo genuino.

Luego de tres mandatos consecutivos a nivel provincial y otros tres a nivel nacional, el kirchnerismo jamás comprendió para qué se gobierna. Una provincia deshabitada y un país conurbanizado (Gran Buenos Aires), con un gobierno que sólo administra la pobreza. Allí vive hacinado un tercio de la población nacional y al Gobierno no se le cae una idea.

Y finalmente, ¿cuál ha sido la epopeya kirchnerista? ¿Cuántas industrias hay en Santa Cruz que no sean las extractivas? No hay pymes, no hay actividad privada, todo depende del Estado que subsidia y no fomenta producción alguna. El 80 por ciento de la población depende del Estado, población que se conforma para subsistir con las migajas que caen del gran banquete de funcionarios y de amigos del poder.

Convirtieron a Turbio en un monumento a la corrupción.

De continuar la farsa kirchnerista, a nadie se le ocurrirá desconurbanizar la provincia de Buenos Aires y generar trabajo genuino para poblar Santa Cruz con dos millones de habitantes en cinco años. Otro gobierno tendrá que hacerlo.

El único que comprendió algo de la política para Santa Cruz fue Arturo Puricelli. Se le ocurrió fundar un pueblo en 1985, hace 36 años. Cuánto tiempo perdido.

* Abogado y dirigente político

La Voz

Más Noticias