abril 20, 2024 9:47 am

20 años de la crisis de 2001: La tormenta perfecta que destituyó a Fernando de la Rúa

Sebastian Junger no hubiera podido describirlo con tantos detalles en su libro de un par de años antes, que luego se popularizó como película, La tormenta perfecta. Eso mismo fue lo que sucedió en Argentina en diciembre de 2001: una conjunción de factores que determinaron hace ya 20 años la caída de la gestión de Fernando de la Rúa, el estallido del sistema político y secuelas humanas y sociales como pocas veces la historia argentina lo vivió.

Una coalición formada sólo con fines electorales que se rompió a poco de andar, con incapacidad de conducción, carencia de liderazgos, ruptura con la base de sustentación electoral, acciones desestabilizantes dentro y fuera de la fuerza gobernante, malestar social por el empobrecimiento de muchos sectores y la conculcación de derechos de otros, un contexto internacional desfavorable para nuestras exportaciones, un endeudamiento importante, y cierto clima de época en la región y el mundo que podría caracterizarse como “antipolítica” confluyeron en una crisis de representación que excedió largamente a la Argentina.

El mandato que recibió De la Rúa escondía la propia trampa que terminó con su gestión y él fue incapaz de desactivarla.

Las elecciones que ganó la Alianza

Es que aquel 24 de octubre de 1999, un 96 por ciento de argentinos votaron propuestas que tenían como denominador común mantener el denominado plan de Convertibilidad, pese a que el programa que había conseguido ilusoria estabilización de precios a través de la conversión de un peso por dólar y había puesto en pausa décadas de inflación, hacía rato que crujía por todos lados, en especial por las secuelas sobre la producción y el empleo, con graves secuelas sociales.

La Alianza, con la dupla De la Rúa-Carlos “Chacho” Álvarez, ganó planteando mantener el plan de Convertibilidad pero sin corrupción, mejor calidad institucional y equilibrios sociales.

En aquella elección de 1999, competían también el peronista Eduardo Duhalde, que llegó dos años después al poder por designación de la Asamblea Legislativa, y Domingo Cavallo, padre de la Convertibilidad, ministro en el último tramo de la gestión De la Rúa y padre del Corralito que terminó por desmoronar al debilitado presidente radical.

De la Rúa no pudo, no quiso y no supo desactivar una bomba armada hacía 10 años. La economía argentina no podía sostener la ecuación y la política lejos de dar respuestas, agravó los problemas. Nadie podrá decir, dos décadas después, que estuvo a la altura de las circunstancias.

La renuncia de Álvarez, el portazo

A 10 meses de gestión, el vicepresidente Álvarez renunció y empezó a vaciar la coalición que él había impulsado para poder ganarle al peronismo. Se fue por un hecho de corrupción en una votación en el Senado y terminó integrando, años después, una de las gestiones con más condenas, procesos y denuncias de corrupción en la historia argentina.

La popularidad de la gestión estaba en baja pero el descenso después del portazo fue brusco e irreversible.

De la Rúa llevó su desconfianza al paroxismo, vació de contenido y gestión a su gobierno al punto de ni siquiera tener cintura para salvar su presidencia con unas negociaciones avanzadas en pos de un gabinete de coalición.

Terminó siendo algo peor que la caricatura de sí mismo que él ayudó a construir. No sólo se mostraba perdido y desorientado ante las cámaras de populares programas de televisión, sino en el trato con sus interlocutores.

Más de un testimonio narra cómo lo buscaban desesperados ministros y colaboradores cercanos para una reunión clave y andaba deambulando por los jardines de Olivos. O que no quiso atender a uno de los encargados de intentar un gobierno de coalición para salvar su mandato porque estaba ya en pijamas. O de la reunión con su par estadounidense George Bush en busca de un respaldo crucial en la negociación de la deuda y después de media hora de comentar vaguedades, el presidente de Estados Unidos le pregunta si tenía algo importante que comentarle o pedirle y el argentino respondió: “Sí, que destrabe la importación de limones”.

Pese a los pergaminos académicos, electorales y de gestión con los que llegó a la máxima magistratura del país, su nombre ha quedado asociado al de los presidentes más incapaces de la historia argentina.

Su partido, el radicalismo, colaboró al jugar a su internismo y no tener la capacidad de respaldar medidas impopulares de ajuste que planteó el gobierno antes de la debacle final.

Machinea, López Murphy y Cavallo: tres intentos fallidos

Con altos niveles de endeudamiento, sin acceso a financiamiento externo, con los precios de las exportaciones por el piso, la economía crujía por todos lados. José Luis Machinea, primero, apuntó a un ajuste sobre los sectores medios con cargas impositivas como una generalización de Ganancias sobre los asalariados.

Ricardo López Murphy, después, intentó con un fuerte ajuste de las cuentas públicas pero a la primera marcha en contra se quedó sin respaldo. De la Rúa, pese al rechazo de la coalición que lo había llevado al poder, apostó por Cavallo con el argumento de que era el único que podía salir de aquella paridad ficticia que era una pesada ancla para la economía argentina.

Domingo Cavallo no tenía respaldos ni dentro ni fuera del gobierno, ni tampoco en el exterior –como se ufanaba– para negociar la deuda. Después de la derrota electoral contundente apeló a un salvavidas que terminó siendo de plomo porque precipitó la caída: impuso un corralito para que los ahorristas no pudieran disponer de sus depósitos bancarios.

Hacía rato que le venían planteando a De la Rúa que la salida de Cavallo podía ser una salvación de su gestión pero hizo oídos sordos.

Voto bronca y la mayoría del PJ

Todo comenzó acelerarse en ese final de noviembre de 2001.

En octubre, la elección legislativa tuvo dos mensajes premonitorios: el peronismo ganaba y se quedaba con el control de ambas cámaras y el denominado “voto bronca” (en blanco, nulo, impugnado) recogía caudales sin precedentes.

El PJ redobló la presión sobre el debilitado gobierno delarruista. Apostó a un juego confuso y desestabilizante.

Primero, porque puso trabas para una propuesta de un gobierno de coalición, que implicaba usar la figura del jefe de Gabinete como la habían imaginado Carlos Menem y Raúl Alfonsín en el Pacto de Olivos para la reforma constitucional. La idea era que De la Rúa siguiese como presidente y la Asamblea Legislativa impusiese un jefe de Gabinete peronista.

Y, en simultáneo, fogonearon las reacciones sociales violentas, como los saqueos, que estaban asentados en una necesidad real pero que el tiempo demostró que estaban orquestados porque desaparecieron el mismo día que renunció De la Rúa.

Esas acciones se sumaban a las protestas de la clase media y ponían en jaque a un gobierno que no tenía respaldos en ningún lado.

La violencia y el “cacerolazo”

La respuesta fue violenta. La represión de los saqueos dejó muertos en todo el país, incluido uno en Córdoba, el adolescente David Moreno, que tenía 13 años cuando una bala de plomo le atravesó el cuello.

El 19 de diciembre se declaró, a media tarde, el estado de sitio y entonces se desató un irracional ataque de fuerzas federales en Plaza de Mayo y alrededores que dejaron un saldo de 39 muertos.

Aquel sangriento miércoles porteño presagiaba un final anticipado. De la Rúa jugó la carta que le habían dicho debía jugar varias semanas antes: la renuncia de Cavallo. Era cerca de la medianoche. Pero no calmó nada.

Miles de personas, con cacerolas y otros objetos, llenaron la Plaza de Mayo y las inmediaciones de Olivos, en una acción que se replicó en las principales ciudades del país.

El desenlace: “Que se vayan todos” y el helicóptero

Esas manifestaciones masivas, integradas mayoritariamente por los sectores que habían votado a la Alianza, pedían legítimamente por sus ahorros y sus bienes. Encontraron como punto de síntesis el “Que se vayan todos” para pedir que alguien debía representarlos pero no podía ser ninguno.

Ya habían pasado unas horas del 20 de diciembre, y en el living de Olivos estaban los hijos del presidente, Antonio y “Aito”; el funcionario más cercano que tuvo De la Rúa, Nicolás Gallo; y el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, que estaba dispuesto a ceder los lugares en pos de un gobierno de coalición. Entró Enrique “Coti” Nosiglia, el eterno negociador que había encontrado una barrera en el peronismo, y les comunicó que no quedaba otra cosa que la renuncia.

Uno de los hijos de De la Rúa intentó comunicárselo al padre pero la dosis extra de somníferos había surtido un profundo efecto. Al amanecer, De la Rúa tomó la decisión, se fue a la Casa Rosada, redactó de puño letra la renuncia para “contribuir a la paz social y a la continuidad”, grabó un mensaje en cadena recordando los fallidos intentos de salir con un gobierno de unidad nacional, pidió al fotógrafo presidencial que le sacara la última foto en el despacho y se fue con un par de colaboradores hacia la terraza para tomar el helicóptero que lo iba a llevar por última vez a Olivos.

Se cerraba un ciclo político, que siguió con turbulencias, una purga interna peronista que desembocó en varios presidentes provisorios en pocos hasta terminar en Duhalde, que hacía rato venía diciendo que iba a conducir el país aunque las urnas le hubiesen resultado adversas dos años antes.

Vino el ajuste, la salida de la Convertibilidad, la eclosión del sistema de partidos que había signado casi todo el siglo 20.

La tormenta perfecta que se había conformado por la larga lista de choques de intereses, mezquindades, desencuentros, incapacidades, hundía a un gobierno que supo tener una legitimidad en las urnas con escasos precedentes.

Son 20 años de una bisagra en la historia. Una historia a la que, una vez más, le estalló una bomba que la dirigencia política y la sociedad alentaron a construir.

La Voz

Más Noticias