enero 27, 2023 11:58 am

Sayak Valencia habla de su libro “Capitalismo Gore” y las señales de alerta sobre la violencia narco

Sayak Valencia, filósofa, poeta y teórica mejicana, autora de varios libros y ensayos sobre feminismos, acaba de editar en Argentina su libro Capitalismo Gore, un análisis minucioso de la violencia narco, caldeada por el hiperconsumo y las desigualdades.

Su tesis se basa, a grandes rasgos, en que la violencia actual es tan explícita como el género de cine llamado “gore”, que se caracteriza por el exceso de sangre.

Según Valencia, la actualidad se parece cada vez más a esa ficción en la que quedan expuestas la fragilidad y la debilidad del cuerpo humano, al tiempo que su mutilación es cada vez más gráfica.

Si bien la problemática está relacionada con la pobreza de los países en desarrollo, la autora asegura que los márgenes de las grandes ciudades del llamado “primer mundo” tampoco están exentos de la crueldad, el delito y las mafias.

Lo primero que vale preguntarle a esta autora oriunda de Tijuana es si no le dio miedo hablar del tema, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de muertes que hay en su país relacionadas con el crimen organizado.

Ella responde desde Buenos Aires, lugar al que llegó para hablar del libro: “La situación en México siempre es complicada, pero el libro se trata de un análisis de la estructura, de las violencias y no tanto de nombres y apellidos personales, eso es lo más conflictivo en México. Lo que me interesa a mí es la violencia en general”.

Y completa: “Me interesa que no se repite en otros lugares. El libro tiene que ver con ciertos espacios donde la violencia habilita mercados. También depredaciones y degradaciones de la vida, que no sólo pasan en México, que también pasan en todo el continente”.

Valencia sugiere que hay que pensar de manera crítica en otras estrategias para afrontar el problema; y de hecho, en su libro habla de sobrepasar los pensamientos moralistas, mover las piezas en otro sentido, de tejer comunidades.

Narcoestado, narcomercado

–En el libro decís que el proceso de conformación de una “narconación” no es reciente en México, sino que se viene cimentando desde hace años. ¿Qué señales de alerta se encendieron primero? ¿Qué pasa en Argentina?

–Sabemos que la economía genera también otro tipo de violencias que no siempre están vinculadas con las economías ilegales. En este caso el narcopoder, se ve a través de la corrupción política, pero también a través de cierto momento en el que toda la política se volvió espectáculo. Creo que ahí perdimos algo muy importante en México, y eso empezó a pasar a partir de los años ‘80, ‘90, sobre todo cuando empezó el neoliberalismo.

–Es novedoso el paralelismo que hacés entre un emprendedor que se “hace a sí mismo” a través de un negocio cualquiera y un narco. ¿No hay restricciones a la hora de vender/emprender?

–La figura del emprendedor busca crear sujetos individuales que se hagan a sí mismos y que empiecen a desligarse de sus comunidades (…) pero nadie es solamente sí mismo, incluso esas personas que parecen no tan importantes para el sistema económico neoliberal son personas que sostienen al mundo. Pero tiene que ver no solamente con emprendedurismo económico, sino con ser fiel a las lógicas de una masculinidad, del ejercicio de la violencia como una de sus potestades. A eso yo lo denomino “necromasculinidad”.

–Incluso hablás de la figura del “macho proveedor” y del aporte que hace el patriarcado para sostener el “capitalismo gore”. ¿Creés que los transfeminismos tienen una oportunidad histórica para intentar revertir desde lo simbólico la imagen de varón violento como un varón deseable?

–Yo creo que el transfeminismo nos puede ayudar a pensar, con imaginación política desde las alianzas, sin que necesariamente nosotros nos identifiquemos como personas trans o no binarias, o personas no heterosexuales. Porque este es un movimiento de transformación social para las mayorías y no solamente para ciertos sectores. (…) Entonces, el feminismo lo que nos permitiría es crear alianzas políticas más amplias, de consensos más amplios, con complejidades mayores, en donde no quede excluida ninguna parte de la población. Se busca también visibilizar que es posible la transformación a través de lo que parecería que no es políticamente correcto, sino que está en los márgenes y que, desde ahí, puede resistir.

–Para hablar de estas personas, usás la palabra “endriago” y decís que se trata de una subjetividad que no coincide ni con triunfadores ni con resignados. ¿Qué significa?

–El endriago es un monstruo que aparece en la literatura de caballería del siglo XVI. Me parece importante mostrar que estos monstruos, es decir, los narcos, los sicarios, los empresarios de la sangre, no son sujetos excepcionales. Son personas que participan mucho más de lo que parece de nuestras propias comunidades. Yo no quería criminalizar a ninguna población, mucho menos a los jóvenes, a las personas racializadas y precarizados… en este caso, varones que quieren salir de la pobreza, que quieren triunfar, que quieren cumplir la proveeduría y que además están chantajeados por el proyecto machista. Hay un montón de precariedades que se suman…

–Hablás sobre cómo desde lo simbólico se ha elevado a estos personajes a la altura de estrellas de rock. ¿Cómo podrían colaborar los medios para frenar estos discursos?

–Creo que sí puede haber series de todas estas cuestiones. Pero no se puede dejar a los personajes como en el limbo, en donde el triunfador siempre es el que pega más fuerte, el más macho. Si no más bien mostrar las consecuencias adversas de esta narrativa idealista. La violencia empodera la épica del desafío, pero no nos muestra que al final de cuentas las personas terminan asesinadas todos los días. ¿Cuántas personas tiene una comunidad? A todos los llora cuando se mueren, ¿no?

–Hablás del descuido “del otro” y de cómo eso está cobrando peso. Sin embargo, ahora se habla mucho de la “otredad”, incluso dentro del antiespecismo. ¿Creés que nos preocupan más los animales que otros seres humanos?

–La cuestión del descuido del otro sale tan claramente en Occidente como un tipo de racionalidad y de discurso, no solamente como política, para poder extraer la fuerza vital y el trabajo. Para que pudiera existir la riqueza de Europa, hubo explotación de gente en otros continentes. Estas personas tenían que ser deshumanizados para poder ser explotados, porque a alguien que consideras igual no le puedes hacer una cosa así. Ahora lo veo como in crescendo, porque creo que los medios ahora digitales y las redes lo que hacen es acelerar y exacerbar el proceso de deseo constante de renovación. Lo importante necesita tiempo, pero no lo tenemos ahora mismo, en este momento tan acelerado entre la ansiedad de la crisis, la necesidad de sentirse perteneciente a una comunidad, aunque sea digital. Son insumos que pueden crear una bomba molotov para que justamente no podamos empatizar con el otro (…) También tenemos que intentar que no nos traten todo el tiempo como esos cuerpos desechables que solamente son consumidores y que viven entre los mercados y las protestas.

Capitalismo gore. De Sayak Valencia. Editorial Planeta. 232 páginas. $ 3000.

La Voz

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