enero 31, 2023 8:06 am

Un país sin prensa libre es una nación en riesgo

Los argentinos vemos cómo, desde hace años, se socavan sin pausa libertades y derechos.

Acciones y omisiones del Estado que fueron borrando lo que costó años y vidas obtener.

La pandemia puso al descubierto la extrema debilidad institucional. El encierro, inconstitucional, hizo que algunos funcionarios pensaran que éramos como ganado en un corral, felices con agua y pasto.

No. Una república es por definición la nación jurídicamente organizada.

Cómo explicamos que estamos en un país donde mueren niños en un hospital neonatal, electrocutados mientras juegan en plazas o de desnutrición; donde los adultos mayores son devaluados de todas las formas posibles, sin comida, abrigo, ni medicamentos; donde los jóvenes capacitados se van y quienes están estudiando no saben que la fragilidad de su formación es tal que apenas sabrán leer y escribir correctamente cuando salgan del secundario, si lo finalizan; donde las personas con discapacidad son denostadas, y donde quien trabaja y se esfuerza ya no progresa.

A todo ello se pueden agregar los casos en que un funcionario tira bolsos con dólares de origen incierto en un convento; en que un chofer anota con el viejo sistema de cuaderno y lapicera un recorrido aún no explicado de viajes y de bolsos con dinero realizado por funcionarios.

Claro, no cumplimos las leyes. Y en esto, todos debemos llamarnos a la reflexión. Hay violaciones a la normativa de distinta entidad. No es lo mismo estacionar mal un vehículo que robar. Pero suma, y sumamos faltas e ilícitos.

Un presidente que infringe el artículo 92° de la Constitucional Nacional, que le prohíbe ejercer otro empleo aunque no perciba emolumento alguno, y se ufana de dar clases virtuales o presenciales no es un buen espejo donde mirarse. Máxime si, paradójicamente, lo hace en la Facultad de Derecho de la UBA.

Las últimas clases difundidas por los medios lo muestran con sus pies sobre el escritorio. Sin juzgar si la conducta es adecuada, al menos debiera recordar que las mesas y los escritorios se usan para colocar libros, para escribir o para apoyar una taza de café. Dejar la suciedad de las suelas de los zapatos es casi un atentado a la salud del próximo docente que use el aula.

¿La ejemplaridad va a ser una palabra en desuso? Los valores están siendo sustituidos por grados de perversa picardía, la (falsa) “viveza” entronizada.

El personal de salud dejó la vida en la pandemia. ¿Agradecimiento oficial? Ninguno. Un silencio agraviante.

Por ello, los vacunatorios privilegiados y las fiestas que se “archivan” u olvidan hieren más.

Todos, sin duda, tenemos una cuota de culpa, pero quienes ocupan lugares de responsabilidad pública en cualquiera de los poderes del Estado deben exhibir una conducta apegada a la ley, sin permitirse ninguna fisura y autoexigirse sin dudas ni excepciones.

En simultáneo, este país, al sur del hemisferio, no ha escapado de los dramas que el tráfico de drogas genera: los adictos y su difícil recuperación, la llamativa desatención de algunas áreas, la inexplicable parsimonia oficial y los increíbles beneficios que, cual hotel de lujo, tienen los narcotraficantes en los establecimientos carcelarios.

¿Quién nos informa? Todo esto lo reflejan los medios de comunicación, en todas las modalidades.

Los homicidios de periodistas en países de Iberoamérica por haber denunciado estos hechos hoy se preanuncian en nuestro país.

Simbólicamente, viene desde Rosario, que es el doloroso ejemplo de muerte, desidia, inoperancia, sólo por no decir anomia de los responsables; o, tal vez, de complicidad.

Cada vida vale. Pero la perversidad del narcotráfico sabe que la voz acallada de un periodista es como silenciar muchas voces. Un país sin voces que denuncian se convierte en una nación en riesgo.

No lo permitamos, con fortaleza y templanza.

* Docente universitaria

La Voz

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