febrero 3, 2023 11:16 pm

Un desafío: crecer por fuera o por dentro de la cultura del consumo

El avance científico y tecnológico, a una velocidad sin precedentes, marca nuestra época, signada además por un profundo cambio de valores.

Para muchos, hoy “ser alguien” pasa por “tener”. Soy si tengo. Y si lo que tengo es de marca, soy más.

El imperativo es consumir, y la vivencia de insatisfacción se generaliza.

Niños, jóvenes y adultos estamos sumergidos en la cultura del consumo, montada de modo inteligente sobre un concepto crucial: el deseo humano es estructuralmente insatisfecho, no se satisface del todo jamás y se activa por la presencia de algo que nos falta. Y como siempre algo nos va a faltar, hay que seguir comprando y consumiendo.

En todas las épocas hubo elementos que a manera de emblema o uniforme nos hacían sentir parte del grupo social.

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La diferencia, en estos tiempos que corren, es que las cosas tienen una presencia fugitiva, evanescente, perecedera. Todo parece hecho para que dure poco, y la falta, el vacío, se vuelve a presentar y hay que volver a comprar.

Unos y otros

Para quienes tienen posibilidades económicas, se transforma en una especie de círculo vicioso: nada parece frenar la necesidad de tener. Para quienes apenas sobreviven, se vuelve una vidriera perversa, inaccesible.

Escuché decir a un chico en situación de calle: “Por la publicidad puedo ver todo lo que podría tener y en la televisión aprendo como obtenerlo”.

Este es uno de los mayores peligros de la cultura del consumo: producir insatisfacción en quienes tienen y violencia en quienes carecen.

Es común ver niños rodeados de objetos y juguetes, pero repitiendo “estoy aburrido”.

Y es que el juego se garantiza no por el juguete sino por el deseo de jugar, y mientras más complicado y sofisticado es el juguete, menos espacio para el juego simbólico y creativo.

Nuestros niños nacieron en la cultura de la imagen. Las pantallas los estaban esperando.

Gracias a ella, acceden como en un inmenso escaparate a todo lo que podrían tener, y eso los coloca desde muy pequeños en posición de consumidores. Demandan, y a veces de mirada tiránica.

Esperar, nada

Hoy, la palabra “espera” ha perdido vigencia. Todo tiene que ser ya.

Muchos padres ausentes por la hiperocupación y llenos de culpa por no poder estar con sus hijos cubren las ausencias con objetos, regalos que supuestamente los harán dichosos, con lo que se desvirtúan el amor y la felicidad.

Como esta actitud va casi siempre acompañada por la dificultad para poner límites, el resultado pueden ser niños superdemandantes, casi pequeños déspotas, pretendiendo vestirse, divertirse a la manera de los mayores, quemando etapas, y lo que es peor, absolutamente convencidos de que por tener más, son más.

El tiempo que nos lleva el trabajo, el estudio o cualquier actividad no se reemplaza por cosas compradas sino por ratos compartidos, aunque sean breves pero de verdadera presencia ofreciendo mirada, escucha, ofertando un juego y quizá haciéndole cobrar vida a esos juguetes por ellos descartados.

Al llegar a la adolescencia, la ropa, el maquillaje, los adornos son un tema crucial para ellos. Dentro de la natural rebeldía, intentan diferenciarse del resto, provocar la mirada, el comentario, la reprobación o la curiosidad. Paradojalmente. Lo que eligen para diferenciarse, para localizarse como distintos, los captura en una moda que los vuelve iguales entre sí.

Lo que está en juego es la construcción de la identidad, y en esta etapa, a diferencia de la infancia, los “pares” pesan más que los modelos paternos.

Tendríamos que preguntarnos: ¿tanta exterioridad va en contra de la interioridad? ¿Centrar la felicidad en el parecer, en el tener, no es demasiado frustrante?

¡Qué importante distinguir las necesidades reales de las inventadas! ¡Qué necesario apelar desde muy pequeños a sus posibilidades creativas para jugar sin depender del objeto comprado!

Padres y docentes tienen el desafío de acompañar los crecimientos. Ayudándolos a descubrir sus capacidades e inyectando humanidad en el encuentro con los otros, donde el “ser” sea más importante que el ”tener”

La Voz

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