abril 14, 2024 8:17 pm

El arte como blanco de las protestas ecologistas: ¿destruir para salvar?

En las últimas semanas, una serie de ataques a obras de arte muy famosas ganó espacio en los medios de comunicación de todo el mundo.

Las acciones, que se mueven en un rango bastante amplio de vandalismo, con mayor o menor grado de agresividad e intención de provocar daños, son ejecutadas por activistas que luchan contra el cambio climático, viralizan sus “atentados” y, en cuestión de segundos, logran que las imágenes y los videos alcancen las pantallas de los confines más remotos del planeta.

En mayo se había prendido una luz de alerta. En esa ocasión, la pieza elegida como blanco fue La Gioconda. Un activista que simulaba tener dificultades motrices y que había ingresado a la sala del Museo del Louvre en silla de ruedas, logró aproximarse al retrato pintado a principios del siglo XVI por Leonardo Da Vinci, superó la barrera de protección y le lanzó un tortazo. El cristal blindado que resguarda a la famosísima dama de sonrisa enigmática logró evitar un desastre.

El 9 de octubre se activó una nueva serie de ataques: un hombre y una mujer, integrantes del grupo Extinction Rebellion, utilizaron pegamento para adherir sus manos a la obra Masacre en Corea, un cuadro de Pablo Picasso que se exhibía en una muestra temporaria en un museo de Melbourne (Australia). Durante el acto de protesta, desplegaron a sus pies una pancarta en la que se leía “Caos climático = guerra + hambruna”.

Una seguidilla de actos similares se disparó apenas cinco días más tarde. El pasado 14 de octubre, dos jóvenes integrantes de la organización Just Stop Oil lanzaron el contenido de latas de sopa de tomates contra el cuadro Los girasoles, de Vincent Van Gogh, uno de los tesoros artísticos de la National Gallery de Londres. Hubo un guiño a Andy Warhol en la elección de la marca de sopa Heinz, cuya imagen fue utilizada por el rey del pop art, pero el mensaje volvió a ser claro: “¿Qué vale más, el arte o la vida?”.

“¿Qué te preocupa más, la protección de un cuadro o la de nuestro planeta y las personas? La crisis por el encarecimiento de la vida es parte de la crisis energética. La gasolina es inasequible para millones de familias que pasan hambre y frío, y que no pueden permitirse ni calentar una lata de sopa”, denunció una de las activistas, luego detenida por la Policía, al igual que su compañera de aventuras vandálicas.

Le siguió, el 20 de octubre, una acción de protesta de la organización Last Generation (Última Generación) en el museo Barberini, de Potsdam (Alemania). Esta vez, la sustancia elegida fue puré de papas, y la obra agredida fue un cuadro, valuado en más de 100 millones de dólares, del francés Claude Monet. La pintura, perteneciente a la serie Les meules (Los almiares), también estaba protegida por un cristal, aunque se reportaron serios daños en el marco original.

Las últimas hazañas (hasta el momento) de los vengadores del clima tuvieron lugar hace pocos días. El pasado domingo 27 de octubre, dos ambientalistas de Just Stop Oil irrumpieron en el museo Mauritshuis, de La Haya (Países Bajos). Uno de ellos intentó pegar su cabeza al cuadro La joven de la perla, una maravilla salida del pincel de Johannes Vermeer.

Días antes, la imagen de cera del flamante Rey Carlos III que se puede ver en el museo de Madame Tussauds, en la capital británica, recibió un tortazo en la cara.

Guerra al petróleo

Just Stop Oil, la organización que más notoriedad ha ganado con este tipo de acciones, se define como “una coalición de grupos que trabajan juntos para garantizar que el gobierno se comprometa a poner fin a todas las nuevas licencias y consentimientos para la exploración, el desarrollo y la producción de combustibles fósiles en el Reino Unido”.

Aunque el movimiento tiene su base de acciones en el Reino Unido, mantiene vínculos con otros grupos de activistas de Estados Unidos, Canadá, Noruega, Francia, Alemania y Australia, entre otros países.

El principio de la “desobediencia civil” es el que ampara las protestas para evitar, desde la perspectiva de la organización, un colapso ambiental que tiene una de sus causas en la utilización de combustibles fósiles. Lo expresan en su nombre: Sólo para el petróleo.

Según un informe periodístico de Latinamerican Post, la organización recibe fondos del Climate Emergency Fund, dedicado a financiar el activismo contra el cambio climático con aportes de filántropos y millonarios de Estados Unidos, entre los cuales se cuentan miembros de las familias Kennedy y Disney.

Daños colaterales

La idea de que los ataques a obras famosas no causan daños de gravedad, mientras que el cambio climático podría provocar un desastre ambiental que arrastre a la humanidad y a la naturaleza en su conjunto, es uno de los argumentos que utilizan quienes justifican las protestas.

La activista Phoebe Plummer, una de las dos chicas que lanzaron sopa de tomate contra Los Girasoles de Van Gogh, defendió la acción en un video de Tik Tok: “No le hicimos ningún daño a la pintura. La obra estaba detrás de un cristal y nunca habríamos considerado hacer algo así si no lo hubiéramos sabido”, expresó.

Y sumó: “Reconozco que puede parecer una acción ridícula; y estoy de acuerdo, es ridículo, pero estamos empleando estas acciones para atraer la atención de los medios porque necesitamos que la gente hable de esto”.

El debate está instalado. ¿Qué eficacia tienen este tipo de acciones? ¿Cómo se debe pensar la contradicción entre destruir y salvar? ¿Por qué son las obras de arte las que están en la mira?

Eva Saldaña, directora ejecutiva de Greenpeace, afirmó que estas acciones están generando una profunda discusión dentro de los grupos ecologistas, y que “las actividades de desobediencia civil y de acción directa no violenta se van a ir incrementando igual que lo hace el costo de vida. Los jóvenes no ven alternativa de futuro y entienden que hace falta un cambio de mentalidad, cambiar las dinámicas del poder”.

No son muchas las figuras públicas que han reivindicado los ataques. Pero que las hay, las hay. Por ejemplo, el cantante de rock Bob Geldof (protagonista de la legendaria película The Wall), activista e iniciador del concierto Live Aid. En opiniones vertidas a Radio Times, el músico señaló que “es ofensivo destruir el genio de Van Gogh. Eso no logra nada. Pero fue inteligente tirarlo sobre el cristal sabiendo que no se destruiría”. Estos llamados de atención “no matan a nadie, pero el cambio climático sí lo hace”, resumió.

En el caso de Just Stop Oil, al modus operandi de atacar obras célebres y muy conocidas le suman huelgas, boicots, bloqueos de estaciones de servicio, manifestaciones y actos como el de lanzar chorros de pintura contra edificios y carteles. Todo parece indicar que el arte es una excusa entre otras para ganar visibilidad y hacerse oír.

En la página web de Last Generation, Aimée von Baalen (portavoz de la organización) justificó el ataque al cuadro de Monet con puré de papas en los siguientes términos: “Monet amaba la naturaleza y plasmó su belleza única y frágil en sus obras. ¿Cómo puede ser que tantas personas tengan más miedo de que esas reproducciones de la realidad sufran daños que de la destrucción de nuestro propio mundo, cuya magia Monet admiraba tanto?”. Y añadió: “¡Cuando entremos en guerra por los alimentos y el agua, ya no habrá tiempo para admirar el arte!”.

¿Cambiar el mundo?

“Me parece una soberana estupidez. Estos ataques al arte no tienen ningún sentido. Y creo que equivocan el objetivo. Lamentablemente, estamos hablando de estos ataques. Le estamos dando pantalla y centimetraje en los medios de comunicación. Y lo que buscan es esa difusión, ganar notoriedad. Tirás una lata de tomates sobre Los girasoles de Van Gogh e inmediatamente estás en todos los diarios. A mí me parece patético”, sentencia en diálogo con La Voz la reconocida crítica de arte Alicia de Arteaga.

La periodista, especializada en artes visuales, patrimonio, diseño y museos, añade: “En realidad, lo que se debería hacer es una contracampaña, porque los objetivos que persiguen estos activistas no son tan nobles ni tan loables. Si para lograr lo que querés tenés que destruir el arte, o atacarlo, hay algo que está mal. Es arte es justamente aquello que nos sublima, que nos eleva, que nos comunica. Es absolutamente democrático. Son cuadros que están en los museos, todo el mundo los puede ver. Han elegido atacar cuadros muy conocidos, y la sensibilidad de quien los mira se conmueve muchísimo más. Si vos tenés una idea de mejorar o cambiar el mundo, no lo podés lograr haciendo el mal”.

“Lo que hacen es aprovechar la alta visibilidad que tiene una obra de arte, eso les permite estar en todas las pantallas del mundo –enfatiza–. Elegir cuadros muy famosos es parte de la estrategia. Atacan obras muy conocidas y queridas porque saben que eso va a tener repercusión inmediata”.

En su opinión, estos ataques revelan además una situación preocupante sobre la falta de seguridad de los museos: “A mí es algo que me sorprende. Es un punto clave. Para ingresar al Museo del Prado, de Madrid, por ejemplo, tenés que dejar la cartera, te revisan. Hay una serie de condiciones para poder acceder. Pero resulta que en museos superimportantes, los atacantes entraron con latas de tomate, con pegamento. Estos hechos dejan un interrogante muy grande acerca de la seguridad y sobre medidas quizás más estrictas que habría que adoptar. El arte es patrimonio de todos y hay que cuidarlo”.

Hablando de cuidar: mientras tanto, a miles de kilómetros de la epidemia de protestas virales, este fin de semana debería haberse realizado la décima edición de la Feria de Arte de Córdoba, cuyo eje curatorial buscaba poner en primer plano la cuestión ambiental. El evento fue cancelado por el municipio local y hasta el momento no hay ninguna explicación oficial. Algunos artistas piensan que hubiera sido una buena ocasión para discutir estos temas.

La Voz

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