febrero 5, 2023 11:02 am

Natalia Monasterolo: No hay nada bueno en lo manicomial, sólo dolor

Un gran desafío se propuso Natalia Monasterolo a la hora de escribir su primera novela, Eso que dicen las cosas: reproducir el modo en que una persona se ha comunicado con diversos objetos desde su infancia.

La historia se basa en un caso real: el de Ofelia Linguini. Una mujer nacida en Villa Santa Rosa (a unos 90 kilómetros al este de Córdoba capital), que desde chica habla con muchas de las cosas que la rodean, y que tiene una vida relativamente parecida a la de otros niños y adolescentes hasta que, ya adulta, un extraño episodio en el trabajo deriva en un diagnóstico de esquizofrenia y en el encierro en un manicomio.

Con extrema sensibilidad e imaginación, la autora pone en escena el entrañable lazo afectivo entre Ofelia y una pelota que puede metamorfosearse en gato o en almohadón, según las circunstancias.

Monasterolo consigue transmitir en las páginas de su novela no sólo la vivacidad y la intensidad de las relaciones que Ofelia mantiene con las cosas, sino también el modo en que las otras personas reaccionan ante ese fenómeno tan peculiar y desplazado de la supuesta normalidad. La avergonzada incomodidad de la madre, los prejuicios de la directora del colegio, la rara envidia de una amiguita y también la empatía de quienes consideran que Ofelia posee un don.

En las páginas finales, se reproducen algunas fojas de los expediente judiciales del caso Ofelia Linguini, porque, según la autora, “la maquinaria judicial es una lengua que expulsa”.

Un día llegó Ofelia

La autora de Eso que dicen las cosas es abogada y doctora en Derecho y Ciencia Sociales, nació en Río Tercero, y ha publicado libros de ensayos como Suicidio y placer sexual. Una bioética del goce y Feminismo inimputable. Deriva de un estilo roto.

–¿Cómo te encontrase con la historia de Ofelia?

–Es una historia que estuvo ahí muchas veces. Primero por algunas experiencias biográficas y con esto me refiero a situaciones personales, y después por el contacto con muchas otras historias que podrían ser la historia de Ofelia. Empecé investigando para una tesis doctoral y terminé entendiendo que la exploración era mía; es decir, que era yo lo que se estaba investigando. Los relatos de las personas expertas por experiencia, de quienes supieron (y saben) contar desde la potencia de la locura y lo sombrío del manicomio, fueron los que me ayudaron a entender un poquito de todo esto, sobre todo que el miedo está del lado de quienes ignoran. Después por una situación laboral específica continué en esa ruta. Un día llegó Ofelia, así, como es ella; incluso antes fue Denise. La historia estaba ahí, esperando. Creo que así pasa con la escritura, escribimos antes de escribir. Incluso ahora que lo pienso quizá habría que preguntarle a Ofelia cómo hizo para encontrarse conmigo.

–¿Por qué decidiste contarla como novela?

–Porque es una novela, eso es lo primero que puedo decir. Además, porque confío en la potencia de la literatura para mostrar algunas cosas que en ocasiones cuesta mucho detenerse a mirar un poquito. Ofelia tenía algo para decir, algo sobre la lengua que es, después de todo, el gran tema de la locura; la novela fue su dispositivo para contar(me). Finalmente, porque reivindico a la literatura de ficción. Es una apuesta de sentido para mí.

Una guía fundamental

–¿Cómo te metiste en la relación de Ofelia con los objetos para reproducirla tan eficazmente en la ficción?

–Me conmueve la devolución que incluís ahí, cuando usás la palabra “eficazmente” y casi pegada la palabra “ficción”. Hubo una exploración previa. Existieron las que ya te he comentado y una indagación específica para armar esta historia sin pifiarle, porque, particularmente, yo no quería pifiar. Conversé con varias personas que el dialecto de la normalidad no dudaría en clasificar como locas y que, además, sobrevivieron al manicomio. Una de ellas, a quien le dedico la novela, Lorena Berrios Ibacache, militante chilena por el feminismo loco, fue una guía fundamental en el proceso creativo. Hubo un disparador sin embargo, no podría decirte ahora cómo, pero funcionó de ese modo. Un día, a propósito de mi trabajo –aclaro, no soy psicóloga ni nada parecido–, llegó a la oficina el caso de una mujer que había sido internada compulsivamente en el manicomio por un conflicto vecinal, ella tenía una pelota a la que trataba como un gatito y los vecinos, como suele ocurrir en estos casos, no entendían nada. Pensé que si los vecinos hubieran entendido un poco probablemente no hubiera terminado en el manicomio…, como pasó con Ofelia.

–¿Por qué decidiste incluir algunas fojas de los expedientes judiciales al final del libro?

–Porque las instituciones hablan, tienen su lengua ordenadora y el aparato judicial utiliza esa lengua para narrar. La maquinaria judicial es una lengua que expulsa y yo quería mostrar cómo se puede contar una historia obliterando la subjetividad de quien es narrada. Eso hacen las instituciones, borran.

Prácticas que deben desaparecer

–¿En qué medida el caso de Ofelia se puede proyectar a otros casos?

–En todas las medidas posibles. Me pasó después de la novela que algunas lectoras me compartieron historias preciosas de sus vínculos con los objetos, las plantas, los animales. Cristina Martín, una poeta española genial, se pregunta en un bello poema por la verdad, “quién la tiene”, dice, “¡Que la muestre!”, insiste. Por otro lado, el relato del manicomio, la experiencia atravesada ahí por Ofelia, sucede, ocurre hoy; mientras existen leyes que plantean la necesidad de la desmanicomialización, muchas personas se mueren en un manicomio.

–Hoy se discuten mucho los procesos de desmanicomialización, ¿qué pensás vos al respecto?

–La desmanicomialización es un proceso deconstructivo de reculturización. Tienen que desaparecer los hospitales neuropsiquiátricos pero también las prácticas manicomiales, porque, de lo contrario, el manicomio se reedita en otra versión (como puede ocurrir con una casa de medio camino que, finalmente, termina funcionando como un manicomio). El manicomio también está en nuestros modos de relación y en la manera en que nos paramos frente a lo distinto. No hay nada bueno en lo manicomial, sólo dolor.

Eso que dicen las cosas. Novela de Natalia Monasterolo. Prólogo de Débora Mundani. Buena Vista editora y EX/TAC/TIC/A editorial. 316 páginas. Con ilustraciones de Macarena Escudero.

La Voz

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