febrero 3, 2023 11:37 pm

Un cuento para el murmullo de Navidad

El murmullo de la Navidad se oye. Nos guste o no, los símbolos que componen esta festividad comienzan a ocupar progresivamente las líneas narrativas de la cotidianidad: los budines se ordenan en las góndolas centrales de los supermercados o en el mostrador de la despensa del barrio. Así, la paleta de colores de los próximos meses estará compuesta por rojos, verdes, dorados, blancos. Esta previa posiblemente pase inadvertida ante el inminente Mundial de fútbol. Pero, en mayor o menor medida, lo que observaremos estará impregnado por estos dos asuntos.

¿De dónde nos agarramos para lo que viene? La mayoría de los símbolos de la Navidad no se vinculan ni son representativos de nuestra cultura: pronto habitaremos puestas en escena que imitan una Navidad bajo cero cuando afuera hierve el pavimento.

Este ejemplo de la realidad que nos espera nos sirve hoy para resaltar la producción cultural que sí está vinculada con nuestras costumbres. Por ejemplo, en el libro 222 patitos, del escritor cordobés Federico Falco, hay un cuento que se llama “Cuento de Navidad”.

“Las de los veinticinco de diciembre suelen ser noches de calor”, es la primera línea del cuento y de inmediato esa frase se traduce en el cuerpo, en sensación. Luego, el relato avanza con la preparación de la comida, y se dibujan los primeros trazos de los personajes de la familia y del rol que ocupa cada uno: “Usualmente al final de la tarde el tío Abel comienza a preparar el cordero. Saca el plástico negro con que lo han traí­do, muerto, cuereado, sangrado, desde el campo”.

A medida que las horas transcurren, descubrimos la historia familiar a través de los recuerdos y las fotografías familiares que se narran. Nos enteramos de la función que cumplen los tíos y primos y luego “de todas maneras la nonna no reconocí­a a ninguno”. Más tarde, sobre el nonno: “Pelaba ajos, sentado en la punta de la mesa, adentro, en la cocina, mi nonno José. Así­ también lo recuerdo. Los dedos frágiles, las uñas largas y amarillas se incrustan en la cáscara venosa y blanca de los dientes de ajo, que cruje y cae, el ajo libre”.

“Mi nonno José no contaba historias”, afirma el narrador, entonces nos cuenta una él. Deberán leer el cuento porque reproducirlo aquí y matar la sensación de esa destreza narrativa sería fatal, y porque ruego que puedan experimentar ese efecto en la mente y en el cuerpo.

En el medio de esa historia también cuenta que “el chimichurri está hecho con perejil, ajo, ají­ picante, especias, pimienta, sal. Abel ha pelado los ajos, ha picado el perejil, ha aplastado los granos negros de pimienta con el canto de la hoja del cuchillo”.

Ante la pirotecnia de símbolos que se vienen, producciones culturales que hablan de imágenes en donde encontrarnos parece ser un excelente lugar para habitar.

La Voz

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