junio 17, 2024 4:03 am

“El Herald tiene el rótulo del diario que denunció el terrorismo de Estado, pero ese rótulo es insuficiente”

Hernán Lacunza fue el último director del diario Buenos Aires Herald. Fue testigo del cierre de un matutino que vivió 141, y que ingresó a la historia por haber sido el medio que denunció al terrorismo de Estado en Argentina. En el mismo momento que ocurrían.

La historia de Bob Cox, director del Herald durante los años de plomo, también está llena de claroscuros. Lacunza describe muy bien su decisión personal de publicar reclamos y denuncias sobre desaparecidos, junto a sus editoriales y opiniones defendiendo a Jorge Rafael Videla y Martínez de Hoz.

El libro es una descripción detallada y documentada de la historia completa del Herald. Lacunza enlaza con maestría la coyuntura de Argentina con los textos del diario, enmarcándolos por etapas, desde la Generación del ‘80 hasta la llegada y el final bajo la propiedad de Ambito Financiero.

–Los claroscuros del Herald durante la dictadura son muchos. La posición de sus voces más fuertes también. Pero cuando uno lee sobre ese período y, especialmente, lo que hizo Cox, eso termina subyugando todo lo demás. ¿Qué análisis hiciste de todo lo ocurrido en esa situación?

–Si hacemos un trazo grueso, una etiqueta que defina el rumbo ideológico del Herald se podría decir que fue un diario liberal-conservador de centro derecha, bastante clásico en sus posicionamientos político hasta la dictadura. Durante su primer siglo de vida. Con la particularidad de que fue un diario que se asumió, por momentos, como extranjero. De alguna manera argumentaba que era un diario para los ingleses, o para los inmigrantes, y que no se metía en asuntos políticos argentinos para escaparle a algún conflicto o a algún señalamiento. Esto en el primer cuarto de vida (nació en 1876). Se metía y salía de la realidad de la cobertura por una cuestión más bien estratégica. Fue, durante gran parte de sus inicios, un medio puesto al servicio de los negocios y la comunidad británicas en Argentina. El idioma le permitió algunos distanciamientos. Si bien fue muy antiperonista y apoyó todos los golpes de Estado, esa distancia la perdía cuando estaban directamente involucrados los intereses ingleses. Pero cuando no estaban tan involucrados, se permitía alejarse. Y eso se ve en más de una oportunidad, por ejemplo, al principio de la Semana Trágica, donde luego sí da un giro efectivo porque los capitales británicos entran en riesgo. O con la Masacre de Trelew. Y así llega a la dictadura, apoyándola, creyendo que (Jorge Rafael) Videla era una carta democrática. Ya había ganado calidad informativa en la década del ‘60 con (Robert “Bob”) Cox y con Andrew Graham-Yool. Dos periodistas con un perfil y un origen muy distintos, pero que a su modo habían introducido al diario en la crónica política y a los editoriales con algún grado más de profundidad… Ahora, si me preguntás qué fue lo que torció el rumbo del Herald. Es decir, por qué el Herald no fue uno más, lo que hubiera correspondido para su tradición en el siglo previo, en cuando a silenciar o abalar el terrorismo de Estado de un gobierno que, se suponía, iba a garantizar una democracia sana, como se lo interpretaba a Videla, ahí debo decir que, por un lado, estaba la semilla del cambio periodístico de los ‘60… Pero la verdad es que fue un aspecto humano. Fue Cox. Una persona que se confrontó con atrocidades que, hasta ese momento si se quiere, no habían afectado tanto a su entorno. Atrocidades que comenzaron a golpear a hijos de conocidos, a gente de la comunidad británica. De alguna manera, esa realidad golpeó las puertas y Cox tuvo más conocimiento del tema y se plantó. En ese punto, como decís, con muchas contradicciones durante toda su dirección hasta que partió al exilio.

–Es muy fuerte leer la postura, diría inocente, de seguir creyendo hasta el final que Videla era casi una víctima del sector más duro. Qué puede pasarle por la cabeza a un periodista que denunciaba las atrocidades, de primera mano, y que por otro lado seguía defendiendo a Videla. Hablaste con Cox. ¿Qué crees que le pasaba en ese momento?

–Ese ser humano, días antes de partir al exilio y una charla final con Videla… en la que se suponía que Videla iba a tratar de convencerlo que no se fuera, le dice: “Pero, ¿tan mal están las cosas?”. Eso fue en noviembre o diciembre de 1979. Y se refería a que a Videla lo perseguían y lo condicionaban (Luciano Benjamín) Menéndez y (Emilio) Massera. Eso creía Cox. Justamente por eso creo que lo que torció el rumbo del Herald fue una decisión humana. La de una persona. Ahora, esa persona también se sentía incómoda. Por ejemplo, creía que no era propia la agenda que llevaba Graham-Yool en la primera mitad de los años ‘70. Porque Graham-Yool era argentino, nacido en Ranelagh, y tenía mucho vínculo con su generación, con el cambio cultural y político que se vivía en esa época, pero sin ser de izquierda. Y lo acusaron de ser terrorista, a él y a Micaela, su esposa. Quienes lo acusaban eran, en parte, del entorno cultural del Herald. Incluso personas muy próximas a Cox. Graham-Yool se fue en septiembre del ‘76 en silencio, y no hay en el diario una protesta encendida al respecto. La relación de Cox con Graham-Yool era “familiar”, esto me lo dijo Andrew. Le pregunté, sabiendo que se habían distanciado durante décadas, y que tenían visiones muy distintas sobre lo que había sido el Herald en los ‘70. Bueno, Cox a la partida de Graham-Yool no le atribuyó la gravedad que tenía, o eligió no atribuírsela. Por eso, está ese editor brillante capaz de poner fotos en tapa de niños secuestrados por la dictadura con el objetivo específico de que se reencuentren con sus abuelos en acciones coordinadas con las familias para que eso tuviera un impacto, y fuera leído, por ejemplo, por misiones internacionales. Y también, el Cox que escribía editoriales celebrando los aniversarios de la dictadura. ¡Y eso avanzado en el tiempo. Con Graham-Yool en el exilio, con (Jacobo) Timerman detenido! Hasta él mismo había sido detenido. Su íntimo amigo era el viceministro de Martínez de Hoz. También la figura de James Neilson también era muy ambivalente, ya que escribía con un seudónimo en la revista Somos.

Retrato de un país

–¿Puede tomarse el relato del Herald como un retrato más objetivo de nuestro país? Me pasó al leer los textos, por ejemplo, de comienzos de siglo pasado, con la llegada de Yrigoyen al poder. ¿Te pasó eso?

–Cualquier periodista que va a otro país, y que tiene interés por mirar la realidad, puede tener una observación más distante, más matizada, con menores embanderamientos. Vos y yo vamos a Chile y probablemente comprenderemos ciertas cosas que, para quienes están metidos en el debate, las pueden expresar con menos claridad. No quiere decir que no las comprendan, pero quizá el discurso público puede estar más condicionado. En parte, creo que eso le pasó al Herald. Por un lado, con (Julio Argentino) Roca sobre todo, se le abrió una puerta para que el lobby que buscaba se coronara en políticas. Y también ese personaje que fue su segundo dueño, y estafador, el estadounidense… era un personaje de (Osvaldo) Soriano. Polífacético al extremo. Si bien el diario se sentaba a la mesa de la Generación del ‘80, cuando podía y cuando le convenía, tenía ese relato distante que le estaba dado por una virtud del defecto. El diario decía: “Yo no soy un medio argentino”, y eso le permitía mirar desde un costado, como un testigo. De ahí el título. Asomarse a la ventana y ver lo que ocurría.

–Cuando estuviste al frente del diario, ¿sentiste ese peso? ¿Tenías claro, cuando llegaste, todo lo que había sido el Herald? ¿Cuán fuerte fue eso?

–Fue decisivo. Mi abordaje previo a dirigir el Herald era similar al de buena parte de mi generación, y mucho más allá. El diario era dos cosas: el que había denunciado el terrorismo de Estado, y el que llegaba algunos días por semana a casa para aprender inglés en la década del ‘80. Esos eran dos lugares comunes. También era consciente, a raíz de la empresa en la que yo trabajaba (estuve 13 años en Ámbito Financiero, que compró el Herald), y también porque alguna vez que lo había comprado en la década del ‘90, que esa memoria sobre la dictadura, esa refundación editorial, estaba un poco desdibujada. Por momentos, en su historia el Herald tuvo cierta pobreza informativa. Después de la dictadura quedó un poco vacante el perfil editorial. Se preguntaban: “¿Qué somos? ¿Seguimos en la senda del diario conservador-liberal que se va a pegar a esas políticas? ¿Se nos dificulta ser el diario de la comunidad británica porque quedó muy reducida? ¿Y las embajadas? ¿Vamos a honrar la gesta de los derechos humanos?” A raíz de que estaba vacante, y que se permitían definiciones múltiples de lo que era, a mí me pareció que la posibilidad de retomar el camino hacia un diario liberal, no liberal… Un diario de centro-izquierda al estilo británico. Y me parecía central que abriera sus páginas a un abordaje del peronismo que no fuera gorila. Que eso no fuera determinante en toda la visión. Y que si había visiones muy críticas, que se escribieran, porque también formaba parte del Herald…

–Eso está muy marcado, y bien detallado: al lado de lo que vos publicabas, aparecían, por ejemplo, notas de Nielson siguiendo con su posición anti peronista y anti kircnherista. Eso lo mantuviste.

–Era una obligación porque, para parte de los lectores el Herald era esos comentarios. No concebían al diario mucho más allá de eso. Por ejemplo, el Graham-Yool que que vuelve en los ‘90 ya no era el de los ‘70. Pero resulta que muere (Juan Carlos) Onganía, y ese Andrew se reencontró con aquel Andrew y escribió un texto muy crítico. ¡Le llovieron cartas de lectores, que publicó! Lo acusaban de tener afinidad con Montoneros, ser de izquierda. Eso estaba en el diario. Así que despegarse de ese público… por más que algunos textos ciertamente me parecían chocantes y, te diría, con poca pericia periodística, creía que debían estar. Incluso traté de actualizar esa agenda. Por ejemplo, hicimos un convenio con la Universidad del CEMA para que escribieran con esa óptica sobre temas actuales.

–¿Qué lugar crees que tiene hoy el Herald en la historia del periodismo argentino?

–El Herald tenía el rótulo del diario que denunció los crímenes del terrorismo de Estado, y ese rótulo es insuficiente. Sirve como atajo para explicar la propia historia de los protagonistas. Una historia autoindulgente y simplista, que tiene un basamento de realidad. El papel de un diario de centro-derecha, conservador y liberal que salva vidas es único. Luego sí, en un segundo orden importante, está el hecho de haber sido el diario de habla inglesa más longevo (141 años) y sin dudas el más importante de Iberoamérica. Ese es un papel muy singular, distintivo. Por eso, cuando se cuenta la historia de la prensa argentina, un capítulo sin dudas tiene que ser para el Herald. Y eso, en sí mismo, es un milagro porque era un diario de pocas páginas, 20 o menos, con un redacción de entre 15 y 15 personas en algún momento, que en su pico de distribución estuvo en 17 mil ejemplares. Son números muy bajos pero que sin embargo ocupan un lugar importante.

Hace 40 años se organizaban las @abuelasdifusion / Acá la primera nota que publicaba el Herald, en 1978, contando su búsqueda #Abuelas40Años pic.twitter.com/VKPSL8dKld

— Luciana Bertoia (@LucianaBertoia) October 22, 2017

–Las grandes firmas, ¿leyeron el libro? ¿Qué te han dicho?

–Sí. Bob Cox vive en Charleston. Le mandaron un e-book. Su mejor amigo me dijo que lo estaba leyendo, y que estaba gratamente sorprendido porque se estaba enterando de cosas del diario que no sabía. En el caso de Andrew, murió en 2018. Y Nielson sigue escribiendo en Noticas. También Harry Hingham, que era íntimo amigo de Cox, y fue quien acusó en 1976 a la esposa de Andrew de tener vínculos con los terroristas… Pensemos esto: Andrew fue historiador, escribió varios libros y ninguno sobre el Herald. Y se daba cuenta que sus últimas cinco décadas habían estado vinculadas al diario, y que eso le parecía “trágico”. Eludió escribir. El propio Cox no escribió sobre el diario. Tenía un archivo, guardó todo. Había publicado columnas, pero repitiendo el relato canonizado. Cox escribió que el Herald había sido un diario decente, liberal, cuyo único fin era la democracia. Bueno, los editoriales, las columnas… El Herald apoyó todos los golpes de estado, sin excepción, del ‘30 al ‘76. Y que el diario decente y liberal tuvo a sus dos primeros dueños presos por fraude.

–Cox te podría decir que “las dictaduras eran el paso previo para una democracia más sana”, ¿no?

–Liberal a la argentina…

–Usaron siempre el mismo argumento. Quizá la visión de extranjero le hacía creer que los militares podrían ser una solución. Jugarse al vida de esa manera, y al otro día escribir que Martínez de Hoz estaba haciendo bien las cosas, lleva a creer que era cien por ciento sincero en lo que pensaba.

–La historia de Juan Bernisone. Esa historia es conmovedora. La historia de las hijas del abuelo ayudado de los uruguayos que matan con Gutiérrez. Ahí, Cox es un maestro de la edición. Hay algo que aprendí con el tiempo, hay algo del ser inglés… que no confrontan. En nuestro estilo somos más de confrontar. El inglés no lo hace. Pero lo tiene presente. Cuando a Cox le empiezan a decir que no diga eso o lo otro, por espíritu y por caracter dobla la apuesta. Cuando lo empiezan a querer censurar, eso va formando una caldera que empieza de a poco y termina siendo una de las mayores voces de denuncia del terrorismo de Estado de la Argentina. Ahora, en el Juicio a la Juntas un abogado tira del piolín y le recuerda que (a Cox) que le había traducido un libro a Massera en el ‘79. Si lees ese diálogo, que se da en 1985, cuando viene a declarar. Un abogado para desacreditarlo le presenta lo del libro, pero Cox se va por las ramas. Se produce un entredicho con el juez… Yo no sé lo que lo llevó a traducir el libro de Massera. No lo sé.

La Voz

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