Hisoparse en Córdoba en tiempos de Ómicron es una tarea ardua. Uno lo escucha en la radio, lo lee en los portales, lo ve en la tele. Pero cuando te toca ponerle el cuerpo todo se acentúa. El lunes a la tarde recibí un mensaje de WhatsApp de un amigo de Laboulaye, mi ciudad natal, donde me contaba que su suegra había dado positivo de coronavirus.
A María yo la había visto la Nochebuena, cuando compartí con la familia de mi amigo una cena al aire libre, abajo de un limonero enorme, en el barrio Argüello, de la Capital.
No lo dudé. Aunque no tenía síntomas, y luego de haber pasado 72 horas, me subí a mi auto y me fui al centro de hisopados 24 horas que funciona en el ex Registro Civil de Córdoba, en el barrio Alberdi. Las únicas dos veces que me hisopé desde el inicio de la pandemia habían sido en ese centro, por lo que inferí que la cosa podía ser rápida. Me equivoqué.
Estacioné mi auto enfrente de la plaza Roberto Cisneros y caminé hacía unas vallas que estaban en la intersección de 9 de Julio y Hualfin. Cuando le pregunté a un señor si ahí era el final de la fila me miró con compasión y me dijo que no. Que siga ese “hormiguero humano” para poder encontrar el final de una hilera que se extendió por cuadras.
A las 19 llegué al Pasaje Verna. Optimista, me dije a mí mismo: “A la medianoche ya estás hisopado”. También me equivoqué. Mi peregrinar por las calles de Alberdi se extendió hasta las 6 de la mañana.
Calor, banquitos, agua y mucho caos
La espera para ingresar al centro de hisopados se hizo eterna. Las veredas estaban abarrotadas de cordobeses. Los negocios de la zona no paraban de vender y vender botellas de aguas, razón por la cual extendieron la atención al público para conseguir unos pesos extra.
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Por momentos la fila avanzaba, en tanto otras se estancaba por horas. Y ahí el humor cambiaba. El calor sumaba su cuota en medio de tanto caos y la noticia de que Córdoba había tenido más contagios que Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba) fue devastador. De repente se escuchaba un coro de “toses” al unísono y veíamos como ese “hormiguero humano” se dispersaba.
Yo en ningún momento me quité mi barbijo. Sentía que el virus acechaba en cada metro cuadrado de esa “marea humana”. Sólo cuando quería hidratarme me salía de la fila y me distanciaba del resto. Después volvía a mi lugar.
Así fueron pasando las horas. Del Pasaje José Verna llegué a la avenida Colón y luego me interné en el Paseo de la Reforma. A medida que avanzaba la hilera volví a Colón y así en un zigzagueo constante volví a Hualfin, Cristóbal de Aguilar, Pasaje Cornelio Agrelo y de nuevo la avenida Colón.
En ese lapso de tiempo vi a familias enteras pedir la cena. Entrarle a una mozzarella en medio de la calle sentados en banquitos y reposeras. También unos sanguches de milanesa.
Debo confesar que esas situaciones me hacían ruido. Porque yo entendía que el virus acechaba en cada rincón de esas manzanas.
Falta de organización en el afuera
Con el diario del día después todo es más fácil pero en el afuera de ese centro de testeo falta organización. Voluntarios que vayan dando información, que orienten y que exijan el uso del barbijo.
Con el correr de las horas la zona se tranquilizó. Los vecinos dormían pero en las puertas de sus casas cientos de cordobeses dejaban decenas de botellas vacías, como un homenaje a la Difunta Correa.
Y cuando muchos no aguantaron más, las veredas y las calles se convirtieron en un campamento. Para no pisar a ninguna persona había que sortear obstáculos. A medida que la fila avanzaba solo unas palmas servían para advertir a las y los durmientes que era hora de caminar.
Recién a las cinco de la mañana pude estar en la Plazoleta Nicolás Berrotarán (Cornelio Agrelo y avenida Colón). Para esa hora ya había empezado a funcionar un colectivo sanitario adjunto pero “no daba certificados’’. “Sólo a los que salían positivo”, explicaron.
A esa hora ya estaba jugado. Estaba cansado, tenía calor. Sólo quería hisoparme, tener resultado negativo, volver a mi casa, ducharme y dormir unas horitas antes de que comience mi jornada laboral de forma virtual.
Esperé y pude entrar al recinto principal del centro de testeo. A esa hora había poco personal. Respiré hondo y me volví a repetir “el último esfuerzo”. Cuando me llamaron y llené unos datos que me solicitaron sólo crucé algunas palabras. Estaba agotado por la espera de 11 horas. A las 5.31 una enfermera con mucho cariño me hizo el test. El hisopo me dio cosquillas. La miré a ella y nos reímos. A las 6 un joven me llamó, me dio mi resultado negativo. Salí en paz. Cuando busqué mi auto sobre la plaza y levanté la mirada vi un amanecer precioso. Un cielo con pinceladas naranjas. Atiné a sacar una foto y sonreír. La ciudad despertaba y yo todavía no había dormido.
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