marzo 2, 2024 11:12 am

Ya está: el 22 de octubre elegiremos presidente. Pero dos meses antes, el 13 de agosto, se realiza esa gran encuesta nacional llamada Paso, que nos permite vislumbrar con cierta nitidez lo que sucederá en octubre.

La encerrona del kirchnerismo

Cuando Cristina Kirchner lanzó la candidatura de Alberto Fernández, a muchos les pareció una “jugada magistral”: permitía ponerla a ella en un segundo plano y encumbrar a un presunto moderado que, además, ejercería la presidencia con criterio propio e independiente. Algo falló. Las cosas no resultaron tal como se preveían. Hoy, el Presidente deambula como una sombra, sin adhesiones que no sean las del estrecho entorno palaciego. Además, es rechazado por el kirchnerismo, que siente que Fernández no resolvió ninguno de los problemas con que se enfrentó, y muy especialmente el que más preocupa a la vicepresidenta: las causas penales que pesan sobre ella.

El problema del peronismo consiste en qué hacer esta vez. Repetir el truco de 2019 parece imposible. Además, habría que buscar un nuevo candidato. Sergio Massa no parece perfilarse en esa dirección. No da pie con bola con la inflación, los dólares siguen escaseando y amplios sectores del comercio y la industria se paralizan al ritmo de la falta de divisas.

El peronismo da signos de disgregación y la palabra de Cristina ya no concita el respaldo casi unánime de otros tiempos, justo en el momento en que ella clama por un gobierno que pueda evitar que continúe la marcha inexorable de la Justicia en las causas que la tienen como imputada. El operativo “clamor” que la demanda como candidata a presidente parece condenado a disolverse, por una razón esencial: Cristina no cuenta con los votos necesarios para aspirar a la presidencia.

Bullrich y Larreta

Los reproches a la oposición acerca de que no debe pelearse por los cargos sino ponerse de acuerdo a fin de unir las fuerzas que darán pelea por la presidencia son infantiles. No sólo porque todas las aspiraciones de poder son legítimas y deben dirimirse democráticamente, sino porque cada candidatura expresa propuestas distintas, proyectos políticos diferentes en puntos sustanciales.

Dentro de Juntos por el Cambio, todo parece encaminarse hacia una definición entre los dos candidatos del PRO, los cuales tienen intenciones marcadamente distintas. Mientras Horacio Rodríguez Larreta se muestra conciliador y propenso a la negociación, Patricia Bullrich hace mayor hincapié en describir los graves peligros que enfrentará el próximo gobierno en todos los niveles, y en explicar que ello demandará firmeza en cada una de las áreas. Supone que no habrá espacio, al menos inicialmente, para las políticas de diálogo y conciliación que propicia su rival interno.

Un creciente agravamiento de la situación económica y social no hará sino acrecentar el rechazo hacia el gobierno y robustecer las posibilidades de Bullrich frente a las políticas negociadoras que propone el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Milei contra todos

Por el momento, es una incógnita qué sucederá con Javier Milei respecto del grado de adhesión electoral que concitará y a qué candidato del espectro político restará votos su incursión en la carrera presidencial.

El humor atrabiliario, que parece ser su principal aporte al debate político, convoca el apoyo de los partidarios del “que se vayan todos”, que atribuyen los problemas argentinos a una defección de la clase política, sin distinciones.

Un atractivo adicional es su visión simplificada de la realidad, que apunta al fastidio y la impaciencia tras largos años de creciente desmejoramiento de la situación general del país.

Su liberalismo duro (por definirlo de algún modo) atrae a los jóvenes, en simetría con la seducción que genera entre ellos, en el otro extremo, la mirada kirchnerista, impregnada de diatribas contra los ricos y los imperios. La influencia efectiva que tendrá Milei en los comicios presidenciales es, todavía, incierta e imprevisible. De todos modos, constituye la gran novedad de la política argentina para los comicios de octubre.

Schiaretti y la grieta

El gobernador de Córdoba no ignora una singularidad electoral de su provincia. Una importante franja de cordobeses que lo ha elegido gobernador, al momento de votar en comicios nacionales se inclina por Juntos por el Cambio y, muy especialmente, por Mauricio Macri.

Sin embargo, prefiere hacerse el distraído al respecto. Ha elegido hacer una interpretación forzada de la realidad política, que consiste en poner en un mismo plano al expresidente y a Cristina Kirchner. Ellos serían los dos extremos de una división que impide que la Argentina salga de su atraso secular.

Juan Schiaretti toma distancia aceleradamente del gobierno peronista y afirma que nunca tuvo nada que ver con el kirchnerismo. Sin embargo, hace pocos días sus diputados votaron junto al oficialismo una nueva moratoria previsional, que aumenta el gasto público en forma permanente, hecho que va en la dirección opuesta a la que el gobernador amaga.

Su idea de que el peronismo está secuestrado por el kirchnerismo es ciertamente elusiva y exculpatoria. Los gobernadores, los intendentes del conurbano bonaerense y el sindicalismo se mantienen en esa órbita por propia voluntad y, muchas veces, con gran entusiasmo.

Como fuere, ha comenzado un período de definiciones que culminará dentro de tres meses, cuando queden definitivamente establecidos los candidatos a gobernar el país.

La Voz

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