agosto 16, 2026 11:30 am

Teje redes desde el campo: Tomás, el tambero de 22 años que muestra el negocio “sin chamuyos”

primera tambo

En tiempos en los que muchos jóvenes miran hacia las grandes ciudades o el exterior, Tomás “Tomi” Bonfiglio decidió quedarse en Ameghino, un pueblo de unos 12.000 habitantes del noroeste bonaerense.

Lo hizo a los 17 años, cuando terminó el secundario técnico agropecuario en el internado de Realicó, convencido de que su lugar estaba en la empresa familiar.

Hoy tiene 22 años y está al frente del tambo que comenzaron su abuelo, su padre y su tío, integrado además con la fábrica láctea “La Holanda” y un esquema de producción de carne mediante un sistema de feedlot.

A esa actividad le sumó otra faceta que lo convirtió en una figura reconocida en las redes sociales: mostrar, con números concretos y sin demasiados filtros, cómo funciona por dentro un negocio agropecuario.

LA HISTORIA DE TOMÁS Y EL TAMBO

Su decisión de no continuar con una carrera universitaria tradicional estuvo vinculada, según cuenta, con su pasión por los números y la producción. Quería poner ese conocimiento al servicio de la empresa familiar y evitar que su padre hiciera un esfuerzo económico en una formación que él sentía que no era el camino que quería recorrer.

“Cuando terminé la escuela, el último año con 17 años, decidí quedarme acá porque sabía que ya me gustaba el campo, que ya andaba en el negocio, que me gustaban los números y que no quería hacerle gastar plata al pedo a mi viejo en un estudio”, recuerda Tomás en diálogo con Infocampo.

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Pero su llegada al negocio no fue en un momento sencillo. La situación económica de la empresa le exigió involucrarse rápidamente, aprender sobre la marcha y asumir responsabilidades que aceleraron su formación como productor.

“Decidí quedarme a darle una mano a mi familia, porque por ahí no tuvimos buenas situaciones y es donde ahí realmente me tuve que meter, saber y aprender, ver otras realidades para luego actuar con lo de nosotros para poder sacar todo medianamente a flote”, explica convencido el protagonista.

Tomás habla de su participación en la empresa con una particular humildad. Aunque hoy es quien aparece frente a las cámaras y comparte contenido sobre las decisiones productivas, tiene claro que el camino comenzó mucho antes de su llegada.

“Ellos arrancaron: mi abuelo, después estuvieron mi papá y mi tío. Los que construyeron todo fueron ellos tres. Yo arranqué hace cinco años, hace poco, pero el mérito y el laburo realmente, y el sacrificio, es de ellos. Yo les tengo que agradecer a ellos toda la vida”, reconoce.

segunda tambo

Sobre esa estructura construida durante tres generaciones, la empresa desarrolló un planteo que combina genética Holando y Holstein, producción lechera, agricultura y un feedlot destinado a producir carne de calidad.

Pero si algo distingue hoy a Tomás es su postura de mostrar ese mundo hacia afuera. Hace unos cinco meses comenzó a compartir en redes sociales aspectos económicos y productivos de la actividad, desde los costos del tambo hasta las decisiones que debe tomar todos los días.

LOS NÚMEROS DEL TAMBO, SIN “CHAMUYOS”

La propuesta encontró rápidamente una audiencia. Tomás entendió que había una brecha entre lo que ocurre dentro de un establecimiento agropecuario y la imagen que muchas veces llega a quienes viven en las ciudades.

“Creo que lo que hago es sanamente bueno, porque no hay nadie que diga la realidad o que cuente la verdad del productor o la verdad del campo”, sostiene el joven productor con una clara mirada abierta y progresista.

“Hay mucha gente en el centro de Buenos Aires, de las grandes ciudades, que no entiende lo que es el esfuerzo de cosechar leche, de cosechar un grano o carne. Es ser un poco humano y realista, llegarle a la gente de ciudad para que entienda el sacrificio del laburo. Que ganamos plata, sí; que trabajamos, sí; pero no es todo tan fácil como ellos piensan”, menciona.

Parte de esa realidad aparece en los números que exhibe en sus videos. El tambo tiene una estructura de costos elevada, con fuerte incidencia de la energía y el combustible, mientras que la rentabilidad queda condicionada por la eficiencia con la que se maneja cada recurso.

“Hoy tenemos los costos fijos muy altos: la energía, la luz y el gasoil están altos. El gasoil en el tambo es super importante porque lo necesito para sembrar, cosechar, hacer las dietas y darle de comer a los animales”, describe.

Para Tomás, esa ecuación obliga a trabajar con una precisión cada vez mayor. “En resumen, el tipo que hace bien las cosas en el tambo hoy más de un 10% de rentabilidad no gana. Si vendés 50 palos de leche y ganás cinco palos por mes haciendo las cosas bien, siendo eficiente y corriendo mucho riesgo, es muy complicado”, advierte.

tercera tambo

La consecuencia, según observa desde su propia región, es una concentración creciente de la producción y la salida de los establecimientos menos eficientes.

“Por eso, el que hace las cosas mal, naturalmente se funde y queda afuera. Los tambos de baja producción van quedando fuera del sistema; ya lo vamos notando en la región, donde desaparecieron muchísimos emprendimientos familiares en el último tiempo”, señala.

EL ROBOT TAMBIÉN CAMBIA AL TAMBO

En ese contexto, la empresa familiar apostó por una inversión que modificó por completo la dinámica del establecimiento: la incorporación de robots de ordeño.

La decisión implicó asumir un importante desafío financiero, pero Tomás asegura que terminó convirtiéndose en una de las inversiones más importantes de la historia de la empresa. La principal diferencia no estuvo solamente en automatizar una tarea, sino en la cantidad de información que comenzó a estar disponible para tomar decisiones.

“La inversión del robot fue muy grande, pero lo que nos dio fue mucha sabiduría gracias a los datos en alimentación y reproducción”, destaca.

La posibilidad de conocer en tiempo real cuánto produce cada animal permite ajustar rápidamente el manejo. “Tener esos datos es ganar plata, porque vas midiendo absolutamente todo. Cuando una vaca te da menos de 18 litros, hoy no te es rentable, y yo puedo mirar la producción de ayer en tiempo real. En un tambo convencional, si tenés un control lechero, lo tenés una vez al mes y perdés tiempo”, afirma.

 

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La tecnología también terminó modificando algo que muchas veces queda fuera de las planillas: la calidad de vida. El robot redujo buena parte de las tareas más sacrificadas y permitió mejorar las condiciones tanto para los animales como para quienes trabajan en el establecimiento.

Logramos calidad de leche, un buen equipo y calidad de trabajo”, resume. Y lo grafica desde su propia experiencia: “No es lo mismo andar a las cuatro de la mañana en el lote en el barro buscando vacas bajo la lluvia, que entrar a las seis de la mañana a un lugar donde tenés las botas calentitas, te podés tomar un mate y, si vas a buscar vacas, estás en el hormigón, no en el barro. Logramos bienestar animal al 100% y calidad de trabajo para el personal y para nosotros”, aseguró.

DEL LITRO DE LECHE AL VALOR AGREGADO

La tecnología fue una parte de la estrategia. La otra estuvo en no depender exclusivamente de la venta de leche fluida.

A través de “La Holanda”, la empresa procesa su propia materia prima y avanza sobre distintos eslabones de la cadena, fabricando quesos y masa de mozzarella. Esa integración le permitió construir una ecuación diferente y generar valor más allá de la producción primaria.

“Si nosotros hubiéramos vendido la leche fluida todos estos años, no se hubiera podido juntar la plata para hacer la inversión de los robots”, admite Tomás.

Para el joven productor, diversificar y agregar valor no es solamente una estrategia de crecimiento, sino una herramienta para sostenerse dentro de una actividad de márgenes estrechos.

Está bueno dar un valor agregado; te sirve diversificar. Hoy nos conviene más comprar leche y vender que comprar vaquillonas y hacer comida para sacar leche propia; nos conviene más utilizar la industria. Pero dar valor agregado, como criar y engordar al ternero Holando macho que nace en el tambo para que quede en el campo, es lo que te hace verdaderamente eficiente”, sostiene.

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Ese conocimiento también es el que decidió llevar a las redes. Tomás asegura que buena parte de su motivación está en compartir lo que aprende y ayudar a otros productores y jóvenes que atraviesan situaciones similares.

“Le meto mucha garra y laburo a las redes porque sé que sanamente les hago ganar plata con mi conocimiento a los demás, y para muchos soy una motivación”, cuenta.

“Muchos chicos no saben qué hacer, y que me vean a mí con la mente tan clara o con los objetivos de lo que quiero es una motivación. Me dicen que tendría que cobrar por asesorar, pero a mí me sale del corazón. Esto es por un bien común, por producir y trabajar”, agrega.

UN MENSAJE PARA LOS JÓVENES 

Detrás de los videos y los números hay también una historia de trabajo cotidiano. Tomás no muestra únicamente los resultados: también expone los problemas que aparecen en una empresa agropecuaria y las decisiones que debe tomar para resolverlos.

Una noche reciente terminó trabajando hasta las 2:30 de la madrugada por una falla en uno de los robots. “Se me rompió un robot, se había roto una pezonera”, cuenta.

cuarta tambo

Podría haber llamado a sus empleados, pero decidió resolverlo personalmente. “No los quería joder porque estuvieron todo el día laburando y ya a las cinco arrancan de nuevo. Fui, lo solucioné, busqué vacas atrasadas, aumenté la producción de hoy e hice un video para las redes contando la verdad. La voy llevando así”, relata.

Su historia también pone sobre la mesa uno de los grandes desafíos del interior productivo: el recambio generacional. Para Tomás, quedarse no significa evitar los conflictos propios de una empresa familiar, sino aprender a discutirlos y tomar decisiones mirando los resultados.

El recambio generacional en una empresa familiar es complicado, pero hay que meterle ganas y estar encaminado en lo productivo, porque los que mandan son los números”, afirma.

En ese punto, su mensaje para otros jóvenes es directo. “Muchos chicos me dicen que se van a estudiar porque no quieren renegar con el padre porque es “cabezadura” y ‘gringo porfiado’. Pero hoy en día ya no se puede boludear con eso. Si no haces las cosas bien, te fundís y tenés que vender todo. Los números mandan”, expresó.

Con 22 años, Tomás Bonfiglio eligió construir su futuro en Ameghino. Entre el tambo, la industria, los robots, el feedlot y las redes sociales, encontró una manera propia de defender una idea que atraviesa toda su historia: que para producir en el campo no alcanza con heredar una empresa, sino que hay que entenderla, gestionarla y adaptarla.

“A los jóvenes les digo que le tienen que meter para adelante, que aprovechen y sepan lo que es trabajar para valorar el esfuerzo de los demás”, dice.

Sin embargo, a modo de cierre, utiliza una definición que sintetiza su filosofía: “El saber no ocupa lugar y lo mejor que hay es saber hacer las cosas uno mismo. Que sepan realmente lo que es engordar un ternero, lo que es sembrar y sacar leche. Cuando sabes eso y tienes conocimiento, vas para adelante siempre”.

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